Mensaje del Mes
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El progreso de la Humanidad tiene su principio en la
aplicación de la ley de justicia, de amor y de caridad. Esta ley está
fundada en la certeza del porvenir. Quitad esa certeza y quitaréis a
aquella su piedra fundamental. De esa ley derivan todas las otras,
porque contiene todas las condiciones de la felicidad del hombre,
y sólo ella puede curar las llagas de la sociedad, y él puede juzgar,
por comparación de las épocas y de los pueblos, cuánto mejora su
condición a medida que esa ley se comprende y practica mejor. Si
una aplicación parcial e incompleta produce un bien real, ¡qué no
será cuando ella venga a ser la base de todas las instituciones
sociales! ¿Pero esto es posible? Sí, puesto que si ha dado diez
pasos, puede dar veinte y así sucesivamente. Por tanto, se puede
juzgar el futuro por el pasado. Ya estamos viendo extinguirse, poco
a poco, las antipatías de pueblo a pueblo; las barreras que los
separan disminuyen ante la civilización; se dan las manos de un
extremo a otro del mundo; mayor justicia preside a las leyes
internacionales; las guerras se tornan cada vez más raras y no
excluyen el sentimiento de humanidad; se establece la uniformidad
en las relaciones; las distinciones de razas y de castas desaparecen
y los hombres de distintas creencias acallan los prejuicios de secta,
para confundirse en la adoración de un solo Dios. Nos referimos a
los pueblos que marchan a la cabeza de la civilización.
Bajo todos estos aspectos, se está lejos aún de la perfección, y
quedan todavía por derruir muchas ruinas antiguas, hasta que hayan
desaparecido los últimos vestigios de la barbarie. Pero esas ruinas,
¿podrán oponerse a la fuerza irresistible del progreso, esa fuerza
que es en sí misma una ley de la Naturaleza? Si la generación
presente está más adelantada que la generación pasada, ¿por qué
la que nos sucederá no ha de estarlo más que la nuestra? Será así,
por la fuerza de las cosas; primero, porque con las generaciones
desaparecen cada día algunos defensores de los viejos abusos y así
la sociedad se forma, poco a poco, de elementos nuevos, despojados
de los viejos prejuicios; en segundo lugar, porque el hombre,
queriendo el progreso, estudia los obstáculos y se consagra a
destruirlos. Desde el instante que el movimiento progresivo es
incontestable, el progreso futuro no debería ser dudoso. El hombre
quiere ser feliz y eso está en la Naturaleza. Sólo busca el progreso
para aumentar la suma de su felicidad, sin la cual carecería éste de
objeto. ¿Dónde estaría el progreso para él, si éste progreso no le
hiciera mejorar de posición? Pero cuando posea la suma de los
goces que le puede dar el progreso intelectual, se apercibirá que
no tiene la felicidad completa; reconocerá que esa felicidad es
imposible sin la seguridad de las relaciones sociales, que sólo la
encontrará en el progreso moral. Por lo tanto, por la fuerza de las
cosas, el mismo dirigirá el progreso hacia ese camino y el
Espiritismo le ofrecerá la más poderosa palanca para alcanzar ese
objetivo.
Conclusiones
Libro de los Espiritus
Allan Kardec